Crisis de la educación:
una oportunidad para la
transformación de la sociedad
El sistema educativo
en Chile se encuentra en crisis. Así como se encuentra en crisis constante
nuestra sociedad.
Esta crisis
permanente no es más que el reflejo de una pugna constante entre distintas
fuerzas que expresan diversas miradas sobre el quehacer educativo: existe una
tendencia a replicar un modelo conductista y vertical en la educación (pública
y privada), dónde el protagonista del proceso de aprendizaje es el profesor,
quien es único poseedor del conocimiento y por lo tanto goza de poder y
autoridad por sobre sus alumnos (especial
espacio de análisis podríamos otorgar al concepto “alumno” que quiere decir
“sin Luz” es decir, según esta concepción, los niños serían seres vacíos que
solo llegarán a desarrollarse por la influencia de un “otro” que se encuentra en una situación de
ventaja por sobre él, ya que es poseedor de la “luz” de la cual adolece el niño).
La segunda
tendencia plantea al niño como un ser activo, capaz de construir sus conocimientos a través de la autorregulación
de sus propias conductas, de la interacción con el entorno social y cultural
que lo rodea, capaz de descubrir por sí mismo el gozo que implica el
aprendizaje de nuevas destrezas que lo ayudarán a descubrir el mundo, y al
mismo tiempo descubrirse a sí mismo como parte de este mundo en constante
cambio, donde él también tiene un rol de transformación que jugar. En este
enfoque de la educación, el papel del profesor es el de ser un facilitador o
mediador para que esa persona (el niño) logre dicho descubrimiento.
A la luz de
los reformas y cambios curriculares que se han realizado en nuestro país desde
los últimos 20 años aproximadamente, pareciera ser claro el rumbo que se le ha intentado
dar a la educación chilena: queremos lograr el aprendizaje de “todos nuestros
estudiantes”, queremos lograr el “desarrollo
de capacidades que les permitan tener mayores oportunidades”, queremos formar “ciudadanos libres”, “participativos”,
“proactivos”, “autocríticos”, queremos educar tomando en cuenta la “diversidad”….
en fin (al parecer la retórica nos brinda ilimitadas posibilidades), pero si ya
hemos definido un curso y una mirada más progresista para la educación Chilena,
entonces cabe preguntarse ¿Porqué tenemos estudiantes en las calles reclamando
por un cambio profundo en la manera de hacer las cosas en educación? ¿Por qué
tenemos un cuerpo docente desarticulado, cansado, desmotivado y con poca
participación en el debate sobre educación? ¿Por qué los resultados de las
mediciones reflejan un estado de inequidad que tiende a acrecentarse cada vez
más en lugar de acortar las brechas de desigualdad? ¿Por qué nuestros niños en
el sistema público y privado se ven sometidos a cada vez más temprana edad a producir
resultados cuantificables en pruebas estandarizadas que no consideran la
diversidad, ni las características del contexto, y dónde solo el más fuerte
sobrevive?...
Una respuesta
que surge tras el ejercicio de la
reflexión dialéctica un poco más profunda que lo superficialmente acostumbrado
en nuestra cultura occidental, sería la
siguiente: porque hemos perdido (o nunca hemos alcanzado) la capacidad de
crecer y auto realizarnos como seres humanos en armonía con la vida. Hemos
perdido la capacidad de ser consientes de quienes somos, qué queremos, para dónde
vamos como personas, y como sociedad; hemos perdido la capacidad de reflexionar
cómo cada persona puede ser un aporte importante para el desarrollo de la humanidad.
Hemos perdido la conciencia (o nunca la hemos alcanzado) del poder de trascendencia
y de transformación que nos es natural como seres humanos con capacidad de
razonar.
Estas podrían
parecer afirmaciones que más bien responden a cuestiones filosóficas en lugar
de dar respuesta a la temática educativa propiamente tal, pero la verdad es que
muchas veces la educación no logra ser de calidad porque está carente de las
necesarias reflexiones ideológicas, filosóficas
y profundas que son fundamentales
en cualquier institución o grupo humano que tenga por objetivo la enseñanza.
Debemos
descubrir en nuestro trabajo diario como pedagogos, la fuerza y la profundidad de la labor realizada con
amor, con ese amor que se refleja en la entrega total y comprometida, y que irá en beneficio directo nuestro, y de los nos rodean en una relación simbiótica que
trascenderá la vida de todos. Y debemos ser consientes también de que es
necesario para la realización de ese amor el trabajo personal de la voluntad,
el sacrificio, la responsabilidad, la generosidad, la humildad, etc. , es decir
de los valores que atraviesan transversalmente todas las relaciones humanas que
se consideren positivas o (si se quiere) productivas.
Si queremos
enseñar a nuestros estudiantes el gozo
de aprender, entonces debemos nosotros experimentar la dicha de aprender. Si queremos enseñar a
nuestros niños a ser responsables, entonces debemos nosotros primero enseñarnos
a ser responsables. Si queremos enseñar
a los estudiantes el ejercicio de la
voluntad y el esfuerzo, entonces debemos nosotros primero ejercitar nuestra
voluntad y esforzarnos en nuestra labor diaria.
Si deseamos enseñar a nuestros hijos o alumnos a ser respetuosos,
entonces debemos nosotros establecer relaciones llenas de respeto que
consideren al otro en su dignidad a pesar de las diferencias. Si queremos
enseñar a los más pequeños a valorar la diversidad, entonces debemos darle el
espacio a los niños para que expresen sus diferencias y descubran que en esencia
somos todos iguales. Si queremos enseñarle a un niño la capacidad de ser feliz
y amar, entonces somos nosotros los que debemos esforzarnos por cultivar el
arte de amar.
En fin… el
sistema educativo está en crisis. Pero nadie ha dicho que la crisis es una
calle oscura y sin salida donde todo se acaba. Al contrario, como dijo el sabio
Einstein “la crisis es la mayor oportunidad para crecer”, pero el crecimiento y
desarrollo no ocurren por arte de magia, requieren de ciertas condiciones
favorables y de la energía impulsadora de la voluntad.
Al
parecer, las condiciones nos favorecen: hoy existe mayor libertad (de educación
por ejemplo); hoy gozamos de distintas posibilidades en el marco legal,
laboral, y social; podemos recurrir a distintas redes de apoyo para desempeñar
nuestra labor educativa, tenemos más acceso a recursos y programas de apoyo.
Hoy la calidad de la educación está
instalada como un elemento central y
existe consenso en que es un tema de vital importancia para el desarrollo de la
sociedad.
Sólo
falta el impulso que nos permita avanzar con más seguridad, y somos nosotros los poseedores de esa fuerza motivadora. Nosotros, quienes conformamos la fuerza de
trabajo del sistema educativo, somos los
llamados a actuar como motor de cambio
social. Somos nosotros, los que tenemos la posibilidad de transformar y mejorar
la realidad.
La
pugna constante entre fuerzas aparentemente opuestas en educación y la crisis (personal,
institucional o social), son nuestra
oportunidad para ser mejores y más felices. Si todos los miembros de una
comunidad educativa nos esforzamos por ser mejores y más felices, el modelo se
replicará en nuestros niños, y en la totalidad de la sociedad. Es necesario
para esto otorgar sentido a cada actividad o experiencia de aprendizaje,
diseñar con respeto a los procesos de cada niño cada paso que se dará para el
logro de los objetivos, y entregar con genuino amor cada herramienta que ese niño
niña, necesitará para tener una vida más plena.
Cada gota de agua cuenta en la inmensidad del
mar, cada grano de arena cuenta en la formación de la playa, varias estrellas
forman bellas constelaciones, y todas juntas forman la eternidad del universo.
Toda
acción que realizamos en conciencia y con intención de trascender tiene la
facultad de revolucionar nuestra vida y las vidas de las personas que nos
rodean, más aún cuando se trata de educar.
De nosotros depende que esta fuerza revolucionaria propenda al amor, a
la vida, a la felicidad de las personas y al progreso y evolución de la
humanidad.
Estefanía Vergara Reyes
3º Año Psicopedagogía
Instituto Profesional de los Lagos


